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Los augurios de una gran escritora: estudio crítico sobre La carnada

febrero 5, 2010

El 8 de agosto de 2003 conocí personalmente a Hilma Contreras. Nos recibió en su provincia natal, San Francisco de Macorís, en República Dominicana. Con su voz dulce y pausada, conversó un poco sobre el Premio Nacional de Literatura, el que hacía un año acababa de recibir. Era la primera escritora a quien le otorgaban el premio en toda la historia del mismo. Con la sencillez que la caracterizó durante toda su vida, tomó la decisión de donar el dinero recibido a diferentes instituciones benéficas. Agradeció que la galardonaran con tan importante premio en el nombre de todas las escritoras, al igual que en el de las mujeres en general. Si me preguntan cuál fue la impresión que me llevé de Hilma Contreras, les respondería: sencilla, humilde y solidaria. Esos tres adjetivos están presentes en su primera colección de cuentos La carnada, que originalmente intituló, “Mis primeros cuentos, todos (menos dos) escritos en el Cibao después de reintegrarme a mi país.”[1]

Hilma Contreras, 2002, luego de ganar el Premio Nacional de Literatura

La carnada, que luego de setenta y un años (70) de su existencia y de permanecer inédita, se publica por primera vez como colección en el 2007. Contiene un total de diecinueve (19) cuentos escritos a partir del 1936, una vez Hilma Contreras regresa a su país natal desde París, Francia. De estos cuentos, el que inicia la colección y da nombre a la misma, La carnada, al igual que el cuento número siete, Chorrera abajo, aparecieron publicados en una de las revistas más importantes de la década del 1940, Cuadernos Dominicanos. Otros cuentos fueron publicados, de manera esporádica, a partir de 1936 en el entonces diario La Información de la provincia de Santiago de los Caballeros, donde Contreras colaboró con una columna sabatina sobre literatura. El lector se enfrentará en primer orden al cuento que da nombre a la colección, La carnada y culminará su lectura con el cuento Cosas de la juventud.

Los cuentos de esta colección caen en la corriente literaria del Realismo Social con un tono criollista como muchos cuentos de Juan Bosch, quien fue el responsable y precursor de esta tendencia literaria. Cabe destacar, que el movimiento Existencialista y el Surrealismo, muy de moda en Europa, específicamente, en Francia, impactó el pensamiento de Hilma Contreras. El contacto de la escritora con todas las tendencias literarias durante su estadía en Francia sentó unas bases sólidas en su formación como escritora. El Realismo Social con una tendencia criolla consistió en retratar la realidad que se vivía partiendo de ciertos problemas sociales que aquejaban a la sociedad dominicana de ese momento. Enmarcados en la zona rural, la tragedia humana de la pobreza y la explotación obrera se unen a otros temas centrales como las costumbres y tradiciones de los pueblos y los prejuicios de clase, de raza y de sexo. Éstos conforman el espectro temático que mejor caracterizó al Realismo Social en la narrativa dominicana. Muchos cuentos de La carnada comparten estas características.

Existe un elemento relevante que le imparte cohesión a los relatos que forman La carnada: los personajes femeninos. Precisamente, de los diecinueve cuentos (19), dieciséis (16) presentan personajes femeninos en funciones protagónicas. Por primera vez, y de una manera magistral, Hilma Contreras toma las riendas del cuento dominicano de la década del 30’ de la mano de los personajes femeninos fuertes y transgresores. Éstos se convierten en portavoces de una conciencia social, moral, política e histórica sumamente necesaria dentro del contexto de la década del 1930. A su vez, Contreras se apoya en sus personajes femeninos para declarar la condición de opresión, marginación, maltrato y toda una gama de injusticias que sufría la mujer dominicana de ese periodo. No es pura casualidad que sus personajes femeninos sean el centro donde gravita una de sus principales propuestas en La carnada. En la década de 1930, cuando comienza a escribir sus cuentos, Acción Feminista Dominicana, fundada y dirigida por la escritora Abigaíl Mejía, líder y pionera del movimiento feminista en República Dominicana, le dio un vuelco a la historia de las mujeres en ese país en plena dictadura. La gesta heroica de esta líder junto con otras mujeres se materializó finalmente cuando lograron el sufragio para la mujer dominicana 1942, aunque se le había concedido un voto como un ejercicio de ensayo en el 1934. Hilma Contreras no estaba ajena a estas luchas. Si bien es cierto que no participó directamente con los grupos feministas, se solidarizó con la causa de éstos grupos e hizo militancia mediante la magia de la literatura. El resultado se comprueba cuando se leen los cuentos de La carnada.

Los escenarios de esta colección de cuentos se ubican generalmente en la ruralía. Algunos de éstos se mueven a las ciudades de las provincias de El Cibao, en República Dominicana, específicamente, en San Francisco de Macorís, de donde es oriunda la autora. Muchos de los cuentos se inspiran en historias vividas por ella o relatadas por otros. Los temas de la pobreza, la explotación de la clase social pobre por parte del gobierno y por parte de las clases altas, la falta de humanidad, las creencias religiosas y la violencia hacia la mujer, forman parte de la colección de cuentos. Todo lo antes dicho hay que ubicarlo dentro del contexto histórico de la Era de Trujillo,[2] precisamente, en los inicios de la misma para la década de 1930. Igualmente, en esta década Hilma Contreras regresa a su país, después una larga estancia en Francia. El impacto que le produjo a la escritora su país, en especial, la región de El Cibao, sentó las bases para inspirar los cuentos que forman esta colección. La escritora comentó en una entrevista que le hizo el periodista Camilo Venegas para el periódico El Caribe en el 2002 sobre su reencuentro con su país y su ciudad natal: “Eran los años de la dictadura de Trujillo y aquí no había nada que hallar. Por eso me aislé. En ese tiempo sólo una cosa me llamó la atención de este país, la pasividad de los dominicanos…hasta que se rebelaron.”[3]

Los cuentos de la colección se pueden agruparán a partir de los temas que mayormente se imponen. No obstante, estos temas se hilvanan en la colección mediante los personajes femeninos y la dictadura como telón de fondo. No se pretende agotar el análisis de cada uno de los diecinueve cuentos porque no es el objetivo de este acercamiento crítico. Cabe destacar, que se comentarán algunos relatos por la agrupación de temas para que así el lector sea cómplice del resto de los cuentos y abone críticamente a los mismos.

Los relatos Ocho días, La Patagira, Puñados de dolor y Jesús en Vitrina corresponden al tema de la injusticia social y la miseria del campesinado. El primero de los cuentos, Ocho días, presenta a una familia venida a menos, quien tiene como jefa de hogar a doña Isabel. Un buen día, representantes del gobierno la visitan y le exigen que en ocho días limpie y remodele los alrededores de su casa con motivo de las fiestas de independencia. De no hacerlo, se arriesga a caer en desgracia con el gobierno. A partir de este momento, se desarrolla el relato. Hilma Contreras se apodera del narrador intradiegético[4] y en Puñados de dolor presenta a una joven, que desenmascara a un gobierno opresor, que mantiene en la miseria a un pueblo. El juego mediante la metáfora “puñados de arroz” y “puñados de dolor” prepara la escena para presentar la crítica en este cuento. El pueblo come puñados de dolor y de miseria día tras día mientras los representantes del gobierno celebran fiestas y lucen sus mejores galas.

Bajo el tema del maltrato hacia la mujer y la violencia familiar en general se agrupan los cuentos La carnada, Los buenos se van, Ruperta y La niña María. El primero, publicado en periódicos y revistas, es el que de una manera desgarradora y fuerte a la vez, presenta la violencia hacia la mujer y su hijo. Luego de un ciclo de maltrato, Elisa, la protagonista, decide romper esas cadenas de dolor, sin embargo, Berto, el esposo, se venga de esa decisión a través de su hijo, el que sirve como carnada. Elisa es portavoz de una toma de conciencia sobre la condición de la mujer en la sociedad dominicana, microcosmo del Caribe y de Latinoamérica. En Los buenos se van, precisamente, el título recoge el tema del mismo: en este mundo los buenos se van y lo malos se quedan para nuestro tormento. En este caso los buenos se representan en el personaje de doña Carmen. En Ruperta, el personaje de una perra realenga, que encuentra albergue en un hogar, es el pretexto para presentar el maltrato y la violencia que sufren muchas mujeres. El cuento que cierra este ciclo, La niña María, tiene como protagonista a una joven adolescente víctima del abuso sexual por parte de su tío y hermano.

Los cuentos Espíritu Santo, El contrato irrescindible, Las medallas de Gume y Brujería, muerte y obsesión juvenil se hacen ecos del tema del sincretismo religioso. La lucha entre las fuerzas del mal y las del bien es el eje de cada uno de estos relatos. En el primero, Mateo, uno de los protagonistas, lucha por sobrevivir a las fuerzas del mal que se apoderaron de su salud en medio de una ceremonia de toque de tambores y vodú. Estas fuerzas malignas amenazan con aniquilarlo. En el segundo cuento, Aniano hace un pacto con el Diablo para que le permita casarse con la hija del Alcalde. Logra casarse con ésta, pero no todo transcurre con normalidad en este matrimonio. En Las medallas de Gume, a la protagonista, Gume, se le desaparecen unas medallas y culpa a la vieja Casimira, creyente de la brujería, por tal desaparición. Finalmente, en Brujería, muerte y obsesión juvenil, Hilma Contreras fusiona las creencias en la brujería con el humor y las obsesiones juveniles. En medio del sepelio de un familiar, de quien se dice que murió por un hechizo que le hicieron, su sobrina, una adolescente, sólo piensa en comerse un rico helado.

La desigualdad y los prejuicios sociales agrupan los cuentos Chorrera abajo, La campana rota, Días sin luz y Cosas de juventud. Uno de los cuentos, Chorrera abajo, presenta los prejuicios forjados hacia los haitianos y cómo la protagonista se enfrenta a éstos a partir de una aventura que casi le cuesta la vida. En La Campana rota, el desarrollo de los pueblos bajo la bandera del progreso rompe la paz cotidiana de un pueblo y trae situaciones trágicas. En Días sin luz, la imposición de tradiciones familiares y sociales de una época frustra el amor de Ana y de Pablo. Al final, estos falsos valores de clase impiden la relación entre estos dos seres, pero Ana se venga de quienes se encargaron de frustrar las posibilidades de un gran amor. Cosas de juventud le propina un golpe duro a la desigualdad de clases y a los prejuicios de toda índole. Libia, la protagonista, encuentra su primer amor en un pueblo alejado de la capital. Ella es una joven rica, educada y de tez blanca; él es pobre, sin educación y negro. La desigualdad y los prejuicios los enfrentará a tomar decisiones importantes para el futuro.

En fin, los cuentos General o ceniza, Hasta diez pesos y El poder de unas lágrimas presentan el folclor y la vida cotidiana de los pueblos. En General o cenizas, el título encierra una crítica acerca de los roles asignados a los hombres por parte de la sociedad. Unos representan generales y otros, sólo cenizas. Además, el símbolo detrás del sustantivo “general”, adquiere una función importante en el personaje de Nano. En Hasta diez pesos, el folclor de un pueblo y de su gente es el eje de esta historia. El protagonista se encarga de sobrevivir mediante artimañas hasta que se da con otro hombre que lo desenmascara. Por último, el cuento El poder de unas lágrimas tiene como protagonistas a dos personajes femeninos. Uno de éstos se vale de sus lágrimas para manipular al otro a su conveniencia y así obtener una herencia.

Los cuentos de La carnada representan un tapiz multicolor, donde se combinan temas universales a partir de la mirada local de los personajes femeninos. En el inicio de este estudio crítico se señaló que los personajes femeninos y la dictadura son el telón de fondo de esta colección. De los diecinueve (19) cuentos, que componen la colección La carnada, dieciséis (16) presentan personajes femeninos protagonistas. De estos personajes, seis (6) a un narrador intradiegético caracterizado por presentar una voz femenina. Estas protagonistas-narradoras forman parte de una clase social alta o acomodada en su mayoría. Igualmente, todas encarnan a mujeres solteras, educadas y con una conciencia sobre la lucha de la mujer dentro de la sociedad. Este detalle abona a la presentación de personajes femeninos que rompen el estereotipo, incluso de los que pertenecen a una clase social alta, como la narradora del relato La Patagira, quien repudia las injusticias de su propia clase.

Como afirma Jenny Montero, los cuentistas del periodo de 1930-1960 cultivaron ciertas técnicas como la del narrador omnisciente, y el uso del diálogo que denota el habla natural de los personajes, principalmente el habla campesina. También desaparece la voz narrativa objetiva y se presenta un acercamiento subjetivo del narrador, que tiene el propósito de subrayar la ideología del autor. El manejo de la psicología de los personajes es otra de las técnicas.[5] Hilma Contreras se une a las técnicas que caracterizaron a este grupo de escritores en ciertos relatos como La carnada, pero hay que destacar que se distanció igualmente de ellos en lo que a la técnica del narrador de refiere. El manejo consecutivo del narrador intradiegético no era el común denominador de las técnicas que generalmente cultivaron los escritores dominicanos en el género cuento durante la década del 1930. En ese sentido, los cuentos de Virgilio Díaz Gruñón y los de Contreras iniciaron una nueva trayectoria no sólo técnica, sino en la construcción de los personajes. Nuestra autora insiste en esa voz narrativa intradiegética con doble propósito: girar la acción del relato desde su mirada para impregnarle credibilidad a los hechos que narra y destacar que es desde el punto de vista de una voz femenina que se conocen los mismos.

Hay que destacar que Hilma Contreras proviene de una educación y cultura privilegiadas de Francia. El contacto con los autores y tendencias literarias europeas, al igual que las rusas, le abrió un mundo de posibilidades a nuestra escritora e impactó su vocación literaria. Mientras el cuento dominicano se mantuvo un poco rezagado por muchos años, en especial, durante la Era de Trujillo, al igual que el contacto de los escritores con las tendencias y técnicas hispanoamericanas se daba tardíamente, Hilma Contreras regresa de Francia en la década de 1930 y se incorpora a la narrativa de su país. Trae una visión del mundo distinta y una influencia educativa y cultural que la coloca en ventaja para acercarse al oficio literario.

Por su parte, de los diecinueve (19) relatos que componen La carnada, se puede inferir el contexto de una dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en ocho (8) de éstos. Algunos de los relatos son La carnada, Ocho días, La Patagira, Chorrera abajo, entre otros que el lector identificará cuando haga su propio ejercicio a través de la colección.

La carnada representa sin duda los augurios de una nueva trayectoria de la cuentística dominicana a partir del 1930, donde la mirada de los personajes femeninos protagonistas es vital. Se puede afirmar que la cuentística de Hilma Contreras se desplaza por su propio peso desde sus inicios como escritora. Esta colección de relatos no es el producto de una principiante, sino de los primeros augurios de una gran escritora. En el 1937, Hilma Contreras le envía un cuento a Juan Bosch, Tardes de cristal, bajo el seudónimo de Silvia Hilcon. Bosch le respondió en una carta con fecha del 8 de marzo de 1937: “Debo decirle Ud. con toda franqueza, que es Ud. una escritora. No sé quién se ampara tras el seudónimo; pero me da lo mismo…de manera que su escudo ha resultado innecesario, aunque comprensible…”[6] Las palabras de Bosch anticiparon el futuro de Contreras como cuentista y no existen dudas, que este insigne escritor tenía un ojo previsor para identificar a los grandes cuentistas.

Dra. Sheila Barrios Rosario, mayo de 2007.

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